¿Cómo se relacionan el estrés y la inflamación?
Probablemente les haya dicho a sus pacientes que el estrés no es bueno para la salud. Pero, ¿qué sucede realmente dentro del cuerpo cuando estamos bajo presión? La conexión entre el estrés y la inflamación es profunda e involucra sistemas complejos como el eje hipotalámico-hipofisario-suprarrenal (HPA), el sistema nervioso simpático (SNS) y nuestra respuesta inmunológica (Chen et al., 2017).
A corto plazo, el estrés es la forma en que el cuerpo nos protege. Cuando nos enfrentamos a una amenaza, nuestro sistema responde con una ráfaga de actividad inflamatoria para ayudar a curar o combatir una enfermedad (Rohleder, 2019). Pero cuando el estrés persiste, ya sea debido a los plazos laborales, a las tensiones en las relaciones o a los desafíos continuos de la vida, esa respuesta no se detiene.
La liberación constante de hormonas del estrés, como el cortisol, comienza a alterar los controles y equilibrios naturales del cuerpo.
Esto lleva a lo que se conoce como inflamación inducida por el estrés, un estado crónico que puede contribuir silenciosamente a problemas de salud a largo plazo, como las enfermedades cardiovasculares y la enfermedad inflamatoria intestinal.
Aquí es donde se vuelve aún más complejo: en situaciones de estrés psicosocial, la sobreactivación del SNS hace que el cuerpo libere citocinas proinflamatorias, sustancias químicas que esencialmente le dicen a nuestro sistema inmunitario que se mantenga en alerta máxima (Alotiby, 2024). Mientras tanto, las células inmunitarias pierden eficacia a la hora de mantener la inflamación bajo control, lo que permite que ésta se cocine a fuego lento en segundo plano y contribuya a enfermedades como los trastornos autoinmunitarios y los síndromes metabólicos.
Comprender cómo funciona todo esto abre la puerta a mejores estrategias para reducir la inflamación y mejorar el bienestar general, especialmente si los clientes se enfrentan a un estrés prolongado.






